Por Obispo Monseñor Hugo Santiago
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (Lc 14, 25-33)
“Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar". ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.
Si Jesús es Dios tiene sentido su exigencia
Uno escucha las exigencias de Jesús en el Evangelio que acabamos de leer y se inclina a decir: “si éstas son las exigencias para ser cristianos, nadie o muy pocos lo serán”. En efecto, si para imitar a Cristo hay que amar a Dios más que a los propios padres, más que a la propia mujer, más que a los propios hijos o hermanos, incluso más que a la propia vida, nadie o muy pocos serán cristianos de verdad. Y sin embargo hay dos realidades que, si nos abrimos al regalo de creer, dan sentido a estas exigencias. La primera verdad consiste en el regalo de descubrir que Jesús es Dios, y que a Dios hay que amarlo por sobre todas las cosas, incluso más que a la propia vida, sencillamente porque Dios Padre es el que nos regala la vida. Nos la regaló cuando nacimos, nos la regala hoy porque nos sostiene en la existencia y nos la regalará hasta que Él quiera, y cuando deje de regalarnos la vida, moriremos, aunque creemos que para nacer a una vida mejor, más feliz, sin dolores ni tristezas, como un encuentro sin partidas, como una intimidad definitiva, como un amor grande sin rupturas, donde veremos a Dios cara a cara tal cual es, donde conviviremos con la Virgen Santísima, nuestra madre del cielo y con todos los seres queridos que conocimos en esta vida. Poder creer en estas verdades de nuestra fe, hace razonable la exigencia de amar a Cristo por sobre todas las cosas.
En este hombre encontramos nuestra identidad humana perdida
La segunda verdad que da sentido a las exigencias de Dios es que el seguimiento de Cristo, por más que sea difícil, atrae, seduce. El cristianismo nace por atracción, no por imposición, y el proceso psicológico que lo explica es que, no sin la inspiración del Espíritu Santo, el estilo de vida de Jesús, su integridad, su coherencia, nos causan admiración, por su entrega llena de amor y generosidad, por su humildad, su espíritu de servicio, porque en un mundo infectado de narcisismo Jesús sale del centro y porque en el centro de su corazón están Dios Padre y nosotros, a quienes nos amó hasta dar la vida, porque siendo Dios se hizo uno de nosotros y vino a rescatarnos del valle de lágrimas que suele ser esta vida; porque siendo grande se hizo pequeño, porque siendo rico se hizo pobre por nosotros. En Jesús, los hombres encontramos nuestra identidad perdida, el varón y la mujer que querríamos ser.
La admiración genera imitación
Como en una segunda etapa que explica el seguimiento de Cristo, la admiración nos inclina a la imitación, a tener sus mismos sentimientos, sus mismas ideas, sus mismos gestos, y allí nace un cristiano, alguien que admira a Cristo y atraído por su testimonio y coherencia, lo quiere imitar. A su vez, en la medida en que asumamos de verdad el estilo de Cristo, eso admira y atrae a otros hombres, y así el cristianismo crece. Un ejemplo claro de este proceso ha sido la Madre Teresa de Calcuta. Estando en la India, siente la llamada a un seguimiento mayor de Cristo, deja la comunidad religiosa en la que enseñaba ingles a los niños de clase acomodada, para ir a las periferias de Calcuta, una ciudad marcada por la pobreza extrema, donde, después de ver a un hombre esquelético muriendo en situación de calle, crea los “Moritorios”, lugares en los cuales recogía a esa gente para que mueran con un poco de amor. No podía evitar que mueran, pero lo hacían rodeados de cuidados generados por el amor de mujeres consagradas a ese servicio, y eso, para Madre Teresa, ya cambiaba las cosas. Su testimonio hizo que muchas jóvenes de las castas indias, es decir, de las clases altas, se despojaran de todo y la siguieran en su estilo de vida entre los más pobres; luego se agregaron muchachas de todo el mundo y así la congregación se extendió a los cinco continentes. Esta es la dinámica del cristianismo. El estilo de Jesús, el hijo de Dios, provoca en nosotros admiración y la admiración genera imitación. Cuando hay varones y mujeres que de verdad logran imitar el estilo de Cristo, se transforman en “influencers” de Dios, es decir, atraen a otros. Así se explica que los católicos, no obstante las agudas exigencias del seguimiento de Cristo, hoy seamos 1.300.000.000.000 (mil trescientos millones) en todo el mundo. No todo es “amarillo” en la cultura de hoy, las buenas noticias de amor, de servicio desinteresado, de empatía con los más vulnerables, también son una realidad, lo bueno también se contagia. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.
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