Por Obispo Monseñor Hugo Santiago
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 13, 1-9)
“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: ‘El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto; unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!”. Palabra del Señor.
Crisis e interrogantes
Afirman los estudiosos de la Biblia, llamados “exegetas”, que Jesús dijo esta parábola en un momento de crisis de sus discípulos, los cuales le plantearon el siguiente interrogante: ¿por qué si la Palabra de Dios es tal, no convierte a todos de una vez? ¿Por qué seguimos siendo pequeños grupos de creyentes en una sociedad mucho mayor que no acepta la fe en Dios y los valores que nos propone? Jesús responde a sus interrogantes con la parábola del sembrador, mediante la cual ilumina la crisis de sus discípulos diciéndoles: “la evangelización o transmisión del Plan de Dios tiene la posibilidad y el límite de una propuesta libre y nunca podrá imponerse”. La Palabra de Dios, como la semilla, tiene una potencialidad de vida, de generar lo bueno en cada persona que la recibe, pero, como la semilla, depende también del terreno donde cae para poder germinar, es decir, de la disposición de la persona; la palabra no da fruto sola, depende de que cada ser humano la reciba, la reflexione, la ame en el corazón y la ponga en práctica; de esta manera se genera la creatividad para lo bueno.
La semilla y los obstáculos de crecimiento
Los pájaros que se llevan la semilla sembrada representan al demonio, el cual hace que la persona prácticamente no le dé importancia a la Palabra de Dios; el hombre la escucha, la evalúa y la desecha. Los abrojos que ahogan la semilla de la Palabra significan “las preocupaciones de la vida”. Aquí no han nada malo, la persona escucha con gusto la Palabra de Dios, le agrada, pero tiene tantas cosas que hacer, tantas situaciones que le parecen más importantes, que impiden que la Palabra de Dios se piense y se profundice. Los obstáculos para el crecimiento son cosas buenas. Se trata de lo urgente que nos hace olvidar de lo importante. Es como mirar al suelo y no levantar la cabeza para descubrir el inmenso panorama que nos rodea. En este sentido las crisis causadas por la enfermedad, el fracaso, la corrupción que nos somete a la pobreza y a la miseria social, suelen ser oportunidad de crecimiento, nos damos cuenta que hay algo más importante que las cosas urgentes y, en el momento en que nos va mal comenzamos a interrogarnos sobre el sentido de nuestra vida y actividad, “¿es que no somos capaces de bien? ¿es que somos tan poca cosa? ¿sólo pensamos en nosotros? ¿de verdad no somos sensibles al sufrimiento y a la falta de oportunidades de tantos? ¿Porqué somos capaces de grandes proyectos y no los concretamos? ¿Dios no ve esto? ¿No ve a tantos pobres que, como siempre, sufren más que el resto la carencia de comida porque se quedaron sin trabajo?”. “Jesús, ayúdanos que nos hundimos”. En síntesis: Dios, sacado de la escena de este mundo, es incorporado de nuevo ante una situación que nos desborda, con la convicción de que si no incorporamos los valores de vida que nos propone, es probable que no salgamos del túnel de la crisis que nos impide ver el sol.
La esperanza
La parábola de la semilla, en su parte más importante es esperanzadora: Jesús dice que hay tierra buena y por eso sigue sembrando esperanzado; esas tierras producirán el treinta, el sesenta por ciento y más. Dios siembra con esperanza en el corazón de muchos jóvenes y no tan jóvenes, proyectos para mejorar la salud y el acceso de todos a la misma; experiencias de “economías de comunión” donde la participación en las ganancias de la producción es más equitativa y solidaria; estrategias políticas que allanan el camino a la instalación de empresas que generarán trabajo y por él, acceso de mayor cantidad de gente a una vida digna, mejoras en la educación para que la Argentina vuelva a estar, como antaño, entre los países que mejor educan; superación de intereses personales y de sector con una mirada en la que prevalece el bien común, en fin, Dios no se cansa de sembrar con esperanza en nuestros corazones. Por eso, invocar su ayuda en todo, sabiendo que como seres humanos somos limitados, con la certeza de que Él, con su sabiduría y bondad puede completarnos generando en nosotros ideas creativas, buenas, inteligentes, solidarias y darle gracias por lo logrado, puede levantarnos como personas y como sociedad. Hay una condición: escuchar, reflexionar, amar y poner en práctica sus propuestas sabias es parte insustituible para salir de una crisis moral con graves repercusiones sociales. Si lo hacemos, volveremos a ver a nuestro país pintado color esperanza. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.