Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 14, 15-21)
“Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quién el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él.” Palabra del Señor.
Huérfanos y heridos
La Iglesia tiene algunos hogares de niñas y niños judicializados, con heridas profundas causadas por la disolución familiar, debida entre otras cosas, a padres drogadictos y fuera de sí; niños que vienen de un ambiente de violencia familiar, niñas que han sufrido un abuso intrafamiliar, niños que han visto como su padre mataba a su madre y barbaridades por el estilo de las que somos capaces los seres humanos. Muchos de ellos están tan golpeados que necesitan tratamientos psiquiátricos y psicológicos. La Iglesia intenta, sobre todo con mujeres, religiosas, que están al frente de estos hogares, generar un clima de amor, de buen trato, de familia, como un remedio que, al menos en parte, pueda cicatrizar heridas tan profundas que han sufrido estos inocentes mientras despertaban a la vida. El Papa Francisco afirmaba que vivimos en una “cultura del descarte” que produce marginados y heridos, entre los cuales, niños huérfanos como los que acabamos de mencionar. Por otra parte, las familias organizadas también tienen que tener cuidado de no generar huérfanos de padre y madre. La necesidad del doble empleo, la profesionalización del varón y la mujer, el ritmo de vida, las necesidades económicas, pueden hacer que los padres de familias bien constituidas no tengan tiempo para estar con sus hijos, para jugar con ellos, para estar cerca, compartir y dialogar. Hoy también se perciben niños, que no obstante tener padre y madre, manifiestan signos de orfandad. Hay estadísticas que indican que esta es una de las causas de la adicción al alcohol y a las drogas en los adolescentes. Debido al vacío que causa el desamor o la desatención, al no encontrar quien los contenga, no pueden soportar esa mochila y se refugian en las adicciones como un modo de “irse” de esa soledad.
El Espíritu Santo consolador
Jesús en el Evangelio de este domingo nos dice: “no los dejaré huérfanos” y el modo de concretar esto es dándonos al Espíritu Santo “paráclito”, palabra que significa, “abogado”, “consolador”, “intercesor”. El Espíritu Santo, que es el amor de Dios derramado en nuestros corazones desde el bautismo, es el que suscita en las personas esa capacidad de sentir el sufrimiento del otro y poner un gesto de cercanía, de ternura, de buen trato, creando un clima donde se pueda vivir en paz no obstante los desafíos de la vida. Animados por este Espíritu están los que trabajan en hogares como los que mencionamos, o los padres que saben crear espacios de encuentro, diálogo y cercanía con sus hijos, porque sentirnos amados es fundamental para ser personas psicológicamente sanas, confiadas, abiertas, entregadas; por eso el amor manifestado en las actitudes que mencionamos es el “remedio fundamental” para generar la capacidad de encuentro interpersonal, familiar y social. Ese amor concreto, tiene su fuente en el Espíritu Santo que Jesús nos ha dejado. Los que somos responsables de otras personas, sabemos que tenemos que contener, confortar, guiar, animar, pero a veces nos preguntamos: “¿quién me consuela y me conforta a mí?” Es allí, en la constatación de que nosotros también nos desanimamos, cuando descubrimos que no somos la fuente del consuelo, sino que como dice san Pablo: “consolamos con el consuelo con el cual Dios nos consuela”; entonces recurrimos a Dios y le pedimos que nos dé ánimo, que no perdamos la esperanza, que no nos cansemos de animar y consolar a quienes se nos han confiado. Hace un tiempo, visitando un hogar con niñas y niños judicializados, que animamos como Iglesia católica, les pregunte a las mujeres que allí trabajaban en medio de muchos desafíos: ¿no se cansan de este servicio tan exigente? La respuesta que me sorprendió fue: “servir a estos niños vulnerados y vulnerables nos hace felices”, sus rostros me decían que estaban diciendo la verdad. Es paradójico: amar de verdad, olvidarnos de nosotros mismos, dar el propio tiempo y talento a quienes Dios nos ha confiado, da felicidad. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.