Cada 7 de noviembre se celebra en Argentina el Día Nacional de la Oncología, en recuerdo de la inauguración, en 1923, del Instituto de Medicina Experimental e Investigación del Cáncer, hoy Instituto de Oncología Ángel H. Roffo.
La fecha, asociada al trabajo pionero del médico Ángel H. Roffo, coincide con una etapa de cambios acelerados en la atención oncológica. Los avances científicos ya no se concentran solo en sumar opciones contra el cáncer: buscan determinar cuál tratamiento requiere cada persona, en qué momento y con qué impacto sobre su vida cotidiana.
El desafío conserva una escala elevada. Los registros poblacionales estiman unos 130.000 nuevos diagnósticos de cáncer por año en Argentina, una media de 15 por hora. Cerca de 70.000 personas mueren cada año a causa de estas enfermedades, que ocupan el segundo puesto entre las causas de mortalidad. Mama, colorrectal y pulmón concentran casi cuatro de cada diez casos nuevos detectados en el país.
A escala global, el aumento de la expectativa de vida, el crecimiento demográfico y la persistencia de factores de riesgo anticipan una presión mayor sobre los sistemas de salud. La Organización Mundial de la Salud proyectó una suba cercana al 65% en la incidencia mundial hacia 2050. En 2024, sin contar los tumores de piel no melanoma, hubo 19,5 millones de casos nuevos y 9,7 millones de muertes por cáncer en el mundo.
El cáncer de pulmón encabezó la incidencia global, seguido por el de mama femenino, el colorrectal, el de próstata y el gástrico. También lideró la mortalidad. Esta diferencia entre frecuencia y letalidad muestra por qué los especialistas insisten en una combinación de prevención, diagnóstico temprano y acceso oportuno a terapias. La innovación puede cambiar pronósticos, aunque no reemplaza medidas básicas como dejar de fumar, reducir la exposición solar excesiva, vacunarse y consultar ante síntomas persistentes.
En Argentina, el Instituto Nacional del Cáncer (INC) coordina las políticas de prevención, pesquisa precoz, tratamiento, rehabilitación, investigación y formación profesional. La detección en etapas iniciales conserva un valor decisivo porque amplía las alternativas de cura y evita intervenciones más intensas. Sin embargo, el beneficio no se distribuye por igual entre todos los tumores ni entre todas las regiones del país.