Por Obispo Monseñor Hugo Santiago
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 3, 16-18)
“Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”
Dios y nuestra soledad
Hoy la Iglesia celebra a la Santísima Trinidad. Creemos que hay un solo Dios, que es común unión de Personas en el amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, la gran vocación humana es la unidad en la diversidad. Fuimos hechos así, ese es nuestro “mapa genético”, por eso, entre los más grandes deseos que tiene el hombre -varón o mujer-, en el corazón, es el deseo de encuentro, complementariedad y amistad con otra persona. El deseo de comunicar, de entendernos y encontrarnos con el otro nos da alegría. Por eso la soledad nos hace mal y no queremos estar solos.
Soledades buenas y soledades malas
En realidad, hay soledades buenas que queremos: un momento de descanso psicológico, un tiempo para rezar, para pensar, para leer, para recrearnos; pero hay soledades malas en las que no quisiéramos caer o a las que no deseamos que nos lleven: la del aislamiento, el egoísmo y el individualismo que nos hacen solitarios; también la soledad del que se siente huérfano, marginado o no querido es triste. En fin, soledades que llevan al ser humano a preguntarse: ¿yo, soy significativo para alguien? ¿a quién le intereso? La soledad es uno de los mayores dramas del hombre contemporáneo porque el mundo de hoy está muy socializado pero poco comunicado: hay mucha gente en un partido de futbol, en un Paseo de Compras o una carrera, pero muchas de esas personas se sienten solas; incluso hay lugares que deberían ser de comunicación y encuentro pero dejaron de serlo porque cayeron en una crisis relacional: una familia, una unión vecinal, una Parroquia, incluso la comunicación virtual ha empobrecido notablemente el encuentro presencial que es más integral y satisfactorio.
Un camino de encuentro
Para salir al paso de este desafío, el Papa san Juan Pablo II, poco después del año 2000, escribió un documento llamado: “Al comienzo del tercer milenio”, donde, partiendo del hecho que somos imágenes de un Dios que es común unión de personas en el amor, da cuatro claves para que los hombres nos amemos, nos entendamos y nos encontremos: la primera es: mirar en el rostro del otro al Dios Trinitario, es decir, descubrir que el otro, como yo, por ser humano tiene un gran deseo de comunicarse, encontrarse, ser querido y amar; la segunda clave es “considerar al otro como uno que me pertenece”; es el sentido de cuerpo, en el cual los miembros están unidos y comunicados; si el otro está alegre, me alegra, si el otro está triste o sufriendo una dolencia, me entristece; la tercera clave es “considerar el don del otro como un don ‘para mí’; es decir, darme cuenta que no soy el cuerpo social, soy sólo un miembro y necesito de los demás, el otro me completa; si es inteligente me ayuda a pensar; si soy tímido y el otro tiene una gran capacidad relacional me inspira para comunicarme mejor, si el otro es alegre me contagia su alegría; la cuarta clave, es “dar lugar al hermano”, es lo que se llama “participación” cuya clave es escuchar; si me habla, escucharlo de verdad, integrarlo en el grupo, la familia, el equipo, como a mí me gusta que me escuchen y me integren. A estas cuatro claves, el Papa las llamó “espiritualidad de común unión”, es decir, son las actitudes que nos ayudan a encontrarnos, complementarnos y tener un espíritu de cuerpo; sin ellas las estructuras de la familia y la sociedad, según el Papa, se transforman en estructuras muertas, sin alma, máscaras de común unión
La Santísima Trinidad y la crisis de Argentina
Estamos constatando crudamente que somos un cuerpo social con síntomas de enfermedad, que debemos tomar los remedios necesarios para sanarnos de los factores que nos enferman y debilitan: corrupción, intereses personales y sectoriales por encima del bien común; búsqueda del poder por el poder mismo y no para servir, indiferencia, inequidad; nos damos cuenta más que antes que si en la “torta de la creación” hay alguien que toma dos porciones, otro se quedará sin la suya, que tenemos que recuperar los valores que dan origen al cuerpo social y fluyen de la persona de Cristo: la pasión por el bien común, el sentido de cuerpo que nos dice que no podemos salir de él; si el cuerpo social sufre, sufriremos todos de alguna manera; si el cuerpo social goza de salud, todos experimentaremos más lo que es estar sanos. Este cansancio que sentimos de tanta confrontación, acusación, violencia en las palabras y los gestos puede ser una oportunidad para aprender que necesitamos vivir unidos y complementados. Eso nos acerca a la imagen de Dios, que es común unión de personas en el amor; como fuimos creados a su imagen y semejanza, ese es el mapa genético que nos indica por donde va nuestro bienestar y felicidad. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.